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La tierra desconocida

  • Foto del escritor: Alvaro Panzitta
    Alvaro Panzitta
  • 21 nov 2023
  • 2 Min. de lectura

Mucho tiempo después, un grupo de científicos estaban trabajando en los laboratorios Chesterton, investigando sobre dinosaurios, cuando un rayo cayó sobre las computadoras. Los Grandes Lagartos cobraron vida y salieron de las pantallas, destruyéndolo todo a su paso. La gente huyó despavorida, pero en cuestión de horas estaban por toda la región. Aquellos que sobrevivieron a la primera embestida, salieron a cazarlos. Se dieron cuenta que todos huían hacia un mismo lugar: un valle desconocido hasta el momento. Al arribar descubrieron Arazi, la Tierra Desconocida. Curiosos entraron a investigar, cuando se toparon con un tronco gigante: la pata de un diplodocus que los hizo correr despavoridos. Llegaron a una montaña alta y armaron un campamento, hasta que un rugido los paralizó: era un tiranosaurio rex digital, salido de las computadoras, virtual, pero para nada indefenso. El animal dio vuelta las carpas en un abrir y cerrar de ojos. Por suerte, John Hunter venía preparado: cargó un arma computarizada, que absorbió al gigante. Comprendieron que no podían quedarse a descansar, levantaron lo que quedaba y siguieron su camino, cazando a los titánicos seres computarizados. Del otro lado de la montaña hallaron un poblado abandonado, con las fotos del profesor Jhonson y su familia. También había un mapa que les indicaba cómo volver, pero era muy difícil, porque el detector de Hunter marcaba que tan sólo a diez kilómetros había velocirraptores, y a cinco tiranosaurios. Más allá de esos peligros, estaba el valle de los triceratops, donde un Rojito adulto descansaba junto a su familia. Con algo de miedo, partieron. Habían recorrido nueve kilómetros cuando divisaron a un grupo de veloces dormidos. Pasaron silenciosamente y luego de cuatro kilómetros más divisaron a los T-Rex, pero estos estaban despiertos, bien despiertos. Cargaron las armas y cuando estaban cerca dispararon. Sólo la cría quedó fuera del arma virtual, pero no les importó demasiado cuando la vieron huir. Avanzaron y encontraron una mochila.

–Seguro pertenece a alguien que quiso escapar del pueblo, pero no pudo –dijo Nick–. Veamos que hay adentro –revisó–. Sólo un libro.

–¿Qué dice? –preguntó Érica.

–Que los triceratops son mansos siempre y cuando no se los moleste –rio–. Tendremos que dejar las armas de fuego y llevar sólo las virtuales.

John Hunter asintió, dejaron todo en el mismo lugar que la mochila, y emprendieron camino. Al llegar al valle vieron que estaba repleto de triceratops, más de lo que hubieran imaginado. Cruzaron sin mayores problemas, y llegaron a un río. No sabían cómo cruzarlo, así que construyeron una balsa con palos. Al llegar a la ciudad corrieron a los laboratorios Chesterton, con una idea en mente: si arreglaban las computadoras, todo se arreglaría. En efecto, una vez reparadas, todos los dino-digitales regresaron a su lugar. Pero el grupo sabía que más allá de las montañas, había un sitio habitado por herbívoros de carne y hueso: la Tierra Desconocida.

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