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Elohim: el corazón del Legendarium

  • Foto del escritor: Alvaro Panzitta
    Alvaro Panzitta
  • 24 jul
  • 3 min de lectura

Toda gran historia comienza con una pregunta: ¿cómo empezó todo?


En el Legendarium de Eutrapelia, la respuesta no está en una fuerza impersonal, en una energía cósmica ni en un accidente del universo. Todo comienza con una Persona. O, mejor dicho, con Aquel que está por encima de toda criatura: Elohim.


Desde las primeras páginas de las Crónicas de Arreit, Elohim es presentado como el origen absoluto de cuanto existe. Es el Creador del cielo y de la tierra, del tiempo y de la historia, de los hombres y de las criaturas fantásticas. Nada existe fuera de Él y nada puede comprenderse plenamente sin su presencia.



  1. Uno y tres al mismo tiempo


Las Crónicas de Arreit describen a Elohim con una imagen profundamente poética:

"Era una misma melodía cantada por tres voces; un mismo fuego encendido por tres llamas; un mismo amor y tres modos de compartirlo."

No se trata de tres dioses, sino de un único Dios cuya riqueza es tan infinita que sólo puede expresarse mediante imágenes.


El amor que existe en Él es tan pleno que se derrama en la creación.


Por eso el universo no nace por necesidad ni por azar. Nace porque el Amor quiere ser compartido.


Antes de que existiera el mundo sólo había un inmenso lienzo en blanco. Elohim tenía los pinceles, la arcilla y las manos del Artesano. Pero, sobre todo, tenía un amor infinito que deseaba regalar.


Cada criatura surge cuando Él pronuncia su Palabra. La luz, los mares, las montañas, los animales y finalmente el hombre aparecen porque Elohim habla, y aquello que dice comienza a existir.


La creación no es solamente "poderosa"; también es buena. Cada etapa termina con la misma contemplación del Creador: lo que ha hecho es bueno. Y cuando crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, contempla que aquello es "muy bueno".



  1. El comienzo de la historia


La mayor parte de las historias fantásticas empiezan con una guerra o con un reino en peligro.


El Legendarium comienza mucho antes. Empieza con un Dios que ama. Esa diferencia cambia por completo la lectura del universo. El conflicto no es el origen de la realidad; el conflicto aparece cuando las criaturas se apartan de quien les dio la vida. Por eso la lucha entre el bien y el mal nunca es una batalla entre dos poderes equivalentes.


El mal es una ruptura del orden creado, nunca una fuerza comparable a Elohim.


Las Crónicas de Arreit presentan una visión amplia de este universo.


Existe una primera gran historia, asociada a Thundra, donde la humanidad comienza su camino y conoce el drama de la libertad.


Más adelante aparece una segunda gran etapa, en la que surge el Multiverso de la Alianza Prometida (MAP), compuesto por distintos universos, entre ellos el Comunverso —donde se encuentra la Tierra— y el Magiverso, cuyo mundo principal es Arreit.

Aunque los escenarios cambien, Elohim permanece siendo el mismo. No pertenece a un pueblo, a un reino ni a un planeta. Él sostiene toda la realidad.



  1. El verdadero poder


Uno de los temas más importantes del Legendarium es la diferencia entre el poder y la autoridad.


Muchos personajes poseen dones extraordinarios. Algunos dominan los elementos, otros controlan la magia y otros alcanzan capacidades que parecen imposibles.

Sin embargo, ninguno de esos dones convierte a su portador en dueño de la creación.

Toda capacidad auténtica encuentra su sentido cuando se pone al servicio del bien.

Cuando ese servicio desaparece, incluso los más grandes terminan oscureciendo su corazón.


Elohim no es un personaje dentro del Legendarium. Es su fundamento.


No pertenece a una raza ni a una época histórica. Toda criatura depende de Él, desde los Titanes hasta los Medianos, desde los Guardianes hasta los hombres comunes.


Cada aventura, cada batalla y cada sacrificio encuentran su verdadero sentido porque existe un Creador que no abandona su obra.


Quizá por eso la primera palabra del Legendarium no sea "guerra", "magia" o "aventura" sino amor, pero no el amor cursi de algunos poetas sin fe, sino el amor entregado de los místicos que conocieron a Aquel que se entregó por amor a ellos.


Y toda la historia nace de ese Amor que quiso ser compartido.

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